LO QUE HAY QUE TRAGAR

Libros de Gustavo Duch

ENTREVISTA EN ARDATZA

Entrevista Gustavo Duch. 

-“La insoportable insostenibilidad del Sistema Alimentario actual”. Ese fue el título de la ponencia en Vitoria. ¿Por qué es insostenible el sistema alimentario actual? (socialmente, sanitariamente, agroindustria… etc.)

La globalización colocó la agricultura, las tierras, el agua y a las y los productores chicos y grandes de alimentos en un único tubo de ensayo, agitándolos con fuerza para ver qué pasaba. El experimento resultó extraordinario: las y los pequeños campesinos no soportaron las fuertes presiones de las grandes corporaciones y progresivamente desaparecían, se diluían casi hasta invisibilizarse (pero estaban) precipitados en el fondo del tubo.

Las mejores tierras y aguas, las más fértiles y las más sanas, pasaron de cultivar alimentos para las personas a cultivar bienes económicos para la agroindustria. La mezcla iba adoptando un tono verdoso, como de color de capitalismo profundo. Las emisiones del tubo cada vez eran más apestosas, más contaminantes, con mucho CO2, pesticidas y cosas así. Y de la mezcla en cuestión brotó algo parecido a los alimentos: eran tan baratos como poco nutritivos. A medida que se calentaba la poción era cada vez más frecuente la aparición de pequeñas explosiones, que resultaron ser ‘crisis alimentarias’. Pero no importaba, el experimento fue un éxito brutal, muchas ganancias económicas para los dos o tres manipuladores de los laboratorios. Tan rentable ha resultado el experimento que el mismo modelo neoliberal capitalista ya está presente en todos los sectores de la sociedad y la economía.

-¿Cuál es el camino a seguir para que sea sostenible y soportable?

Personalmente tomaría una vía que ya tiene las primeras indicaciones para la nueva ruta: La Vía Campesina. Es decir, un camino que nos conduzca por los pueblos campesinos donde encontraremos alimentos de calidad y suficientes; donde las economías están al servicio de las necesidades humanas (y no al revés); donde la producción es respetuosa con el medio ambiente; donde la vida –y la convivencia- es más fácil, más cercana, más solidaria. Y caminaría muy poco a poco, como los caracoles.

-Se habla mucho de Soberanía Alimentaria. ¿De qué se trata?, ¿Cuáles son sus objetivos?

Se habla mucho, efectivamente, y por su importancia la Soberanía Alimentaria ha ido asumiendo diferentes dimensiones (defensa de un modelo político, diseño de un modelo productivo, etc.) pero en este momento creo que hay que recuperar su dimensión estratégica, es decir, entender la Soberanía Alimentaria como una de las recetas para acabar con el experimento globalizador, para romper el tubo de ensayo. El campesinado y las personas consumidoras necesitamos recuperar soberanía – capacidad de decisión-  para colectivamente organizar nuestros sistemas agrarios, ganaderos y pesqueros. Y en este caso la existencia de La Vía Campesina, madre del concepto, y las propuestas de tejer alianzas con otros espacios de la sociedad civil me parecen claves.

-Muchos creen que es algo nuevo. ¿Pero, no se trata de recuperar un modelo?

No, como decía es un concepto novedoso que aparece hace 15-16 años, aún en su adolescencia (mucha energía, muchas ganas de aprender y caminos por andar); y con una visión más amplia que el modelo productivo. La Soberanía Alimentaria nos habla de romper con las políticas capitalistas neoliberales, de reforzar economías locales, de entender la alimentación como un derecho básico, de una gestión colectiva de los bienes naturales, y también sí, de un modelo productivo basado en la mímesis con la naturaleza: la agroecología que recupera y actualiza muchas de las buenas prácticas agrícolas y ganaderas que la agricultura industrial y química ha enterrado.

-¿Cómo se puede lograr, que se debe hacer para llegar a ella?

Pensemos en una pequeña finca de cualquier parte del mundo actualmente dedicada, por ejemplo, a la producción intensiva de leche para la industria. Y pensemos en su reconversión a una finca biodiversa, enraizada con los patrones culturales locales, con modelos de producción agroecológicos y suministrando alimentos a la población local. Es el primer paso de la Soberanía Alimentaria. Los siguientes, disponer de las condiciones políticas necesarias, para multiplicar esta experiencia hasta que, como he citado en otras ocasiones, «mucha gente pequeña, en muchos pequeños lugares, cultiven pequeños huertos… que alimentarán al mundo»

-¿Qué impide actualmente lograr la soberanía alimentaria?

¿Quiénes manejan las instrucciones del laboratorio? Exactamente, una plutocracia que ha decidido gobernar el mundo ‘capitalistamente’ sin el consentimiento de la sociedad civil. Pero también desde los espacios organizados de la sociedad civil: sindicatos, asociaciones de consumidores, asociaciones ecologistas, ONG, es necesario una posición y actuación clara y contundente al respecto.

-¿Qué papel juegan actualmente y hacía dónde deberían de ir las políticas agrarias?

El triste papel de actores ‘figurantes’. Las políticas han desaparecido permitiendo que los poderes económicos controlen a sus antojos cuestiones vitales como la agricultura. Es necesario recuperar el papel protagonista de la política. Necesitamos más que nunca una verdadera Política Agraria Común y todo tipo de políticas que regulen solidariamente este caos especulativo.

-Agroecología, soberanía alimentaria. Conceptos unidos a la tierra, tierra que escasea cada vez más. El acaparamiento hace desaparecer a muchos campesinos y campesinas. ¿Qué futuro le ve al primer sector?

El sector primario será, como debe ser, el motor de la recuperación económica; la salida a la crisis actual; la base de cualquier economía que quiera ser justa y estable. No hay otra fórmula por mucho que se quiera experimentar. Son las ‘leyes de la naturaleza’.

-En la conferencia hablaba de mitos. Uno de ellos cuenta que la agroecología no es capaz de alimentar a la sociedad. ¿Es eso cierto?

Claro que no, la agroecología o una agricultura campesina puede alimentar a la sociedad a la vez que permite satisfacer las necesidades campesinas y de cuidados que el jardín planetario requiere. No olvidemos que la obsesión por aumentar la productividad es el motor del hambre y destrucción del mundo. No olvidemos que producimos el doble de cereales que requiere el ser humano, que desperdiciamos un 30-40% de lo que se pesca, que desperdiciamos un 50% de lo que se cosecha…

-¿Sabe la gente lo que come?

Nos han atrofiado los sentidos, especialmente el del gusto por saber. Saber qué comemos, de dónde viene, que efectos comporta, etc. puede pasar por recuperar en todo su sentido el acto de sentarse en la mesa, a comer y masticar poco a poco, en compañía y con la televisión apagada.

Sabemos más de marcas de coches que del combustible energético que entra por nuestras bocas.

-¿Cuál es el papel del consumidor ante un posible cambio en el modo de alimentación?

Como consumidores o consumidoras me parece importante plantear varias cuestiones. También hemos perdido nuestra soberanía como tales, tenemos muy poco que elegir y mucho de lo que podemos elegir es poco saludable. Por otro lado se insiste en nuestro papel para un consumo responsable, y estoy de acuerdo, pero no debemos afrontarlo, como muchas veces parece, desde la culpabilidad, pues como he explicado somos también víctimas. Por último me parece que muchas veces en esa insistencia hay un interés oculto para desviar nuestro tiempo y acción que, insisto, debe de ser fundamentalmente en nuestra categoría de ciudadano o ciudadana político.

-¿Cómo se puede cambiar el “chip” a la sociedad?

Incluyendo la alimentación responsable como un ingrediente básico en la receta de cambiar el mundo, de las luchas sociales, de los valores solidarios.

La alimentación debe de ser entendida en su dimensión político social y no sólo por sus valores nutritivos o sus características organolépticas. Nos han desenchufado el interruptor político y ese –entiendo- es el chip a reactivar.

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